Nuestra España de hoy es el resultado de milenios de vida y de relación social, interna y externa, de nuestros antecesores habitantes en el solar patrio español. Bien es cierto que para el público en general resultaría arcaico en nuestros tiempos el hablar de las identidades reconocibles por los etnólogos, entre los españoles actuales y los iberos, bereberes, fenicios, semitas, gascones, griegos, romanos y toda aquella multitud de pueblos barbaros que fueron apareciendo y enraizando en este solar. Ya resultaría más cercano y menos cuestionable el hablar de los caracteres incorporados en los últimos quinientos años. Por si alguien siente escrúpulos por el multimestizaje que pudiera caracterizarle individual y familiarmente, habremos de tener en cuenta que todos somos hijos de Dios y, además, aceptar la demostración con respaldo científico de que la endogamia es causante de retraso evolutivo, mientras que la exogamia proporciona ventajas evolutivas a los individuos y a los pueblos. Y quizá de la extensiva e histórica exogamia hispana nos venga el mérito de ser la única nación en el mundo que ha logrado ser Madre Patria y la única que no ha sido desnaturalizada aún por la masificación inane globalizadora.
Pero a lo que vamos; las relaciones de los españoles y de los rifeños (rebeldes estos a toda dependencia del reino marroquí, hasta 1955) se fueron conduciendo por normales caminos de natural vecindad, unas veces pacíficas y otras veces peleonas, tanto cuando los turcos se extendieron por todo el Mediterráneo y desde sus bases conquistadas en la costa rifeña agredían nuestras costas y nuestro comercio marítimo, como cuando Inglaterra fue colonizada hace ya más de tres siglos por el imperialismo que ahora llamamos globalizador y se convirtió en el mameluco bélico empleado por el tal imperialismo para su proyecto globalizador. Entonces, con la injerencia de esa Inglaterra, fue cuando empezaron los problemas graves entre rifeños y españoles, ya que además se fueron incorporando al encizañamiento vecinal los otros mamelucos actuantes, franceses y hasta alemanes. Así y contando con la debilidad de los respectivos gobernantes españoles y rifeños o marroquíes, nos enzarzaron en la llamada Guerra de África 1859-60; y luego en las verdaderas Campañas de Marruecos, iniciadas en 1893 y que con cortos espacios de falsa paz llegaron hasta 1927; con un final bélico definitivo que se consiguió en ese último año gracias a la firmeza de unidad nacional proporcionada por el denominado Directorio Militar del General Primo de Rivera 1923-30.
Yo recomendaría a todos quienes indaguen en la historia de España, que lo hagan en el marco de la historia mundial, o al menos de la euroafricana e hispanoamericana. Los avatares trágicos de nuestra historia corren parejos con los avatares trágicos relativos a las áreas geopolíticas que nos conciernen. Así, mientras a España se le impuso imperialistamente el desastroso conflicto del Rif, a Francia se le impuso otro casi tan desastroso en el resto del territorio de Marruecos; todo el norte africano fue sometido al imperialismo francés, inglés e italiano; y Europa entera, desgobernada por el sistema de la democracia partitocrática antinacional, estaba siendo preparada para ser victimada en las dos demoledoras guerras mundiales (aunque España consiguiera eludir su participación plena).
En el Rif, los convenios internacionales nos impusieron ejercer un protectorado bélico; se dio el caso repetido o constante de que las harkas rebeldes disponían de fusiles más nuevos que los descalibrados fusiles de nuestros soldados, y modernas armas automáticas, y les sobraba munición, y disponían del asesoramiento para el combate de técnicos ingleses, franceses y alemanes, y de mercenarios para el servicio de los cañones, y en 1921 tenían ya 60.000 hombres en pie de guerra; y, mientras, nuestros políticos antinacionales exigían “ni un hombre ni una peseta para el Ejército español en Marruecos”, y se difamaba y desorganizaba todo lo posible a quienes allí luchaban y morían heroicamente por lealtad a la Patria y por dignidad personal. Y tan sólo cuando Francia se dio cuenta (1924) de la encerrona en la que estaba metida ella también, fue cuando empezó a concertarse con España para acabar el conflicto en 1927.
España se dejó allí muchas vidas (más de 40.000), económicamente fue una ruina y se corrompió el alma del pueblo español con falsedades y odios, que luego sirvieron para contribuir a encender la guerra civil de 1931-1939.
En el lado favorable, de las Campañas de Marruecos obtuvo España unos cuadros de mando militares de primer orden y unas unidades combatientes que resultaron decisivas para la supervivencia de la Nación y para evitar que en nuestro solar patrio se riñeran aniquiladoras batallas de la II Guerra Mundial.
José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M











0 comments:
Post a Comment