BATALLA DE LEPANTO
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Manuel P. Villatoro
En 1571, los buques de la Santa Liga vencieron a la armada turca en uno de los combates marítimos más grandes de la historia
Con arcabuz, espada, y el arrojo típico de un militar venido de la Península Ibérica. Así combatieron los soldados españoles que, un siete de octubre de 1571, derramaron su sangre sobre la cubierta de decenas de buques para detener, en el golfo de Lepanto, las pretensiones expansionistas turcas.
No obstante, lo que no sabían todos aquellos soldados es que no sólo habían aplastado a la gran flota otomana que amenazaba el Mediterráneo, sino que también se habían ganado, a base de cañonazo y mandoble, un hueco en los libros de historia. Así, después de que se disipara el humo de las piezas de artillería, el mar quedó como testigo de una de las mayores victorias navales españolas.
Piratería y esclavitud, la antesala de Lepanto
Para llegar hasta esta gran victoria es necesario viajar unos años atrás, un tiempo en el que la sangre manchaba casi a diario las costas mediterráneas. «Cuesta creer hoy día que las tranquilas aguas del mar Mediterráneo fueran en otro tiempo escenario de asedios, batallas y guerras, y que miles de personas sufrieran el drama del cautiverio y la esclavitud. Y sin embargo, así fue», determina en declaraciones exclusivas a ABC el periodista y experto en historia militar española Miguel Renuncio.
«En el momento más decisivo, un disparo de arcabuz mató a Alí Pachá»
«A mediados del siglo XVI, dos potencias se disputaban el control del Mare Nostrum: España (dueña de Sicilia, Cerdeña y Nápoles) y el Imperio Otomano (cuyos dominios se extendían desde los Balcanes hasta Egipto). Los intereses contrapuestos de Madrid y Estambul habían desembocado en una guerra continua, que se englobaba en el esfuerzo general de los estados cristianos europeos por frenar el imparable avance turco», añade el experto.
A su vez, los españoles encontraron en esta época a unos fuertes enemigos en los piratas, que saqueaban sin piedad decenas de ciudades cristianas. «Mientras las tropas del sultán Solimán I conquistaban Hungría y llegaban incluso a asediar Viena, los estados berberiscos del norte de África (vasallos del Imperio Otomano) vivían de la piratería saqueando los puertos de España e Italia y asaltando sus barcos en alta mar. En definitiva, la situación llegó a ser tan crítica que se esperaba que, tarde o temprano, los turcos intentarían invadir Italia», señala Renuncio.
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Cervantes peleando sobre la galera Marquesa
En este clima de tensión, los turcos pusieron, unos pocos años después, la guinda a este conjunto de afrentas contra los cristianos. «En mayo de 1565, la armada otomana llegó a las costas de Malta e inició el asedio a la isla, defendida por los caballeros de la Orden de San Juan u Orden de Malta. El asedio fue durísimo y se luchó palmo a palmo», determina el periodista.
Por suerte, este gran ataque fue detenido por los miles de soldados que envió España para socorrer a los sitiados, pues en la Península Ibérica se conocía la importancia estratégica de este territorio, como bien explica Renuncio: «De haber caído en manos del Imperio Otomano, Malta se hubiera convertido en el trampolín perfecto para asaltar Italia».
La gota que colmó la paciencia cristiana
Sin embargo, lo que finalmente hizo entrar en cólera a los cristianos fueron las exigencias planteadas por el nuevo sultán Solimán I (quien sucedió en el trono de Estambul a su padre). Concretamente, en 1570 el nuevo mandatario pidió la entrega de Chipre –contraria a los turcos- a su imperio.
Los cristianos consideraron esta petición como la gota que colmó el vaso. «En previsión de un ataque a la isla, el papa Pío V solicitó a España y Venecia la creación de una alianza militar con los Estados Pontificios con el objetivo de frenar la expansión otomana en el Mediterráneo», determina Renuncio.
«En 1571, Madrid, Venecia y Roma crearon la Santa Liga»
De esta forma, y aunque fue dificultoso por la diversidad de opiniones entre ambos países, Pío V terminó «convenciendo» a ambos imperios para frenar la expansión del Islam en Europa. «En mayo de 1571, Madrid, Venecia y Roma crearon la Santa Liga (la alianza deseada por Pío V)», explica el experto, que añade además que hubiera sido imposible derrotar a la inmensa flota turca si no hubiera sido aunando fuerzas.
Esto no detuvo a los turcos que, de forma osada y sin temor a las consecuencias, iniciaron el asedio a Chipre. Ante esta afrenta, la flota de la nueva y flamante «Santa Liga» decidió iniciar los preparativos para acabar de una vez por todas con sus enemigos del este. «Aunque el ejército otomano había acabado ya con el último reducto de la resistencia veneciana en Chipre (Famagusta), se decidió buscar y destruir la armada del sultán, dirigida por Alí Pachá o Alí Bajá», completa el periodista.
Preparando la guerra
Para hacer frente al islam, la «Santa Liga» juntó una de las mayores flotas que han surcado los mares a través de la historia. «Contaban con 228 galeras, 6 galeazas, 26 naves y 76 menores. (234 de ellas de combate)», explica el Capitán de navío José María Blanco Núñez, Asesor del Instituto de Historia y Cultura Naval. «Por su parte, los turcos contaban con 210 galeras, 42 galeotas y 21 fustas (252 de combate)», completa el militar.
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Revelación a Pío V de la victoria de la Santa Liga en Lepanto
A su vez, y además del número de buques, la «Santa Liga» tenía a su favor la tecnología, pues sus tropas contaban con multitud de arcabuceros. Estos, partían con ventaja con respecto a los arqueros otomanos, ya que la pólvora tenía más alcance y causaba más daño que las flechas, las cuales solían rebotar contra las gruesas corazas cristianas. «Además, entre las tropas de la Santa Liga destacaban los famosos Tercios españoles. Felipe II había ordenado el embarque de unas 40 compañías procedentes de cuatro Tercios distintos, mandados por Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel de Moncada», determina por su parte Renuncio.
A pesar de todo, el número de combatientes no era muy desigual, según completa el periodista: «En total, la Santa Liga sumaba unos 90.000 hombres, entre soldados, marineros y remeros. En cuanto a la armada del Imperio Otomano, el número de hombres era muy similar, y entre sus soldados sobresalían los temidos jenízaros (cristianos que, tras ser capturados de pequeños, se convertían al islam y eran educados para la guerra)».
Una curiosa forma de batallar
Que la cantidad de soldados fuera similar era muy significativo, pues, en el SXVI, un combate naval no era como el que nos vende ahora la factoría Hollywood. «Los barcos actuaban como plataformas para el combate. Por aquellos años, la galera, el buque más utilizado, era una embarcación larga y estrecha, provista de una o dos enormes velas latinas. Sus dimensiones rondaban los 40 metros de eslora y los cinco de manga, y apenas levantaba un metro del nivel del mar. La artillería estaba formada, casi exclusivamente, por tres o cinco cañones fijos situados en la proa. Por lo tanto, se trataba de un barco cuya función principal consistía en servir de plataforma para la lucha cuerpo a cuerpo», añade el experto.
El uso de las Galeazas fue determinante para los cristianos
De hecho, y según comenta Renuncio, los cañones de las galeras –que se encontraban ubicados en proa y popa- no servían tanto para atacar desde cierta distancia a sus enemigos como para acabar con los soldados enemigos cuando se entablaba el combate cuerpo a cuerpo. Así, lo más usual era que una embarcación embistiera a otra, ambas dispararan entonces su artillería, y la infantería entrara entonces en la lucha.
Sin embargo, para suplir esta escasa cadencia de fuego, Venecia también aportó su granito de arena a la «Santa Liga» con uno de sus más novedosos proyectos. «La galeaza era una auténtica fortaleza flotante. Se trataba de un invento veneciano, consistente en una galera de mayores dimensiones y, sobre todo, dotada de una artillería mucho más potente, con cañones móviles situados en las bandas. No obstante, estas naves eran difíciles de mover, por lo que muchas veces tenían que ser remolcadas», finaliza el periodista español.
Posiciones para el combate
Así, con las tropas preparadas para asestar el golpe definitivo a los turcos, la flota de la «Santa Liga» partió hacia Grecia. El grupo, formado en su mayoría por buques españoles, estaba dirigido de manera general por Don Juan de Austria. No obstante, cada nación aportó además un capitán para su facción. Tan sólo unos pocos días después de partir, el 7 de octubre, ambas armadas se encontraron cerca del Golfo de Lepanto dando lugar a lo que sería una de las batallas más sangrientas de la historia.
Durante la mañana, y con la extraña calma que suele preceder a la amarga batalla, ambas escuadras finalizaron su despliegue. En el bando español el centro estaba regido por «La Real», la nave de Don Juan de Austria. En el flanco izquierdo, se situaba amenazante el veneciano Agostino Barbarigo, a quién se le dieron órdenes de impedir que el enemigo les envolviera. Finalmente, el ala derecha estuvo regida por Juan Andrea Doria, genovés al servicio de España,
«Por último, el español Álvaro de Bazán tenía bajo su responsabilidad las galeras de la reserva, que debían socorrer un frente u otro en función de cómo se fuera desarrollando el combate», finaliza Renuncio. Sin embargo, lo que ninguno de los líderes sabía era que, en una de las galeras cristianas se hallaba, espada en mano, un joven literato que no superaba los 24 años: Miguel de Cervantes.
Frente a la armada de la «Santa Liga» se situaba desafiante la imponente flota turca. En el centro de la misma, a bordo de «La Sultana» se hallaba el terror de los cristianos: Alí Pachá. A su derecha, frente a Barbarigo, estaban ubicadas las fuerzas de Scirocco, bey de Alejandría. Finalmente, y para hacer frente a Andrea Doria, el líder turco seleccionó a Uluch Alí, bey de Argel.
Comienza la batalla
No cabía más espera. Después de que se arbolaran los crucifijos y estandartes y los sacerdotes absolvieran a los soldados por si morían en combate, los remeros comenzaron a sacar las palas. Desde «La Real», un grito, el de don Juan de Austria, ahuyentó el miedo de los marinos: «Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone».
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Estandarte de la Santa Liga
Con celeridad, las naves turcas, como movidas por una única fuerza, comenzaron su avance inexorable hacia los buques de la «Santa Liga». Por suerte, los cristianos habían decidido que las galeazas, las fortalezas flotantes venecianas, se situaran por delante de la flota aliada para hacer blanco sobre los otomanos. El plan funcionó a la perfección pues, con un gran estruendo, estos navíos abrieron fuego con sus innumerables cañones sobre las tropas de Alí Pachá, mandando al fondo del mar a varias de sus galeras.
La fuerte acometida cogió por sorpresa a los otomanos, que se vieron obligados a romper su formación y tratar de acortar lo más velozmente la distancia que les separaba de los buques cristianos. No les quedaba más remedio, pues la potencia de fuego de las galeazas podía ser mortal para sus aspiraciones de conquista.
Una vez superada la primera línea de galeazas cristianas, comenzó la verdadera batalla. «Tras esto, las galeras de ambos bandos se trabaron unas con otras, barriendo al enemigo con el fuego de sus cañones, embistiéndose con sus espolones y lanzando a sus hombres al abordaje», determina Renuncio.
Pronto, y casi dirigidas por una fuerza extraña, «La Sultana» y «La Real» chocaron y se enzarzaron en un fiero combate cuerpo a cuerpo que se cobraría la vida de cientos de soldados. «Los hombres de ambas naves iniciaron una lucha sin cuartel, en la que “La Real” y “La Sultana” fueron socorridas por otras galeras, que hacían pasar a sus soldados a bordo de las dos capitanas» explica el experto. Ambas flotas sabían que no podían permitirse el lujo de perder sus buques de mando, pues sería algo nefasto para la moral de sus respectivas flotas.
Problemas iniciales
Mientras, en el flanco izquierdo cristiano, Barbarigo vivió momento de tensión cuando las tropas de Sirocco se introdujeron en un hueco dejado por las tropas del veneciano. Este, vio en unos instantes como su nave era asediada por media docena de buques enemigos. La lucha fue tan cruenta que, finalmente, el cristiano murió cuando el disparo de un arquero turco le acertó en un ojo. A pesar de todo, y con la ayuda de varias galeras que fueron a socorrer a su líder fallecido, se logró resistir la embestida turca.
«Entre 25.000 y 30.000 otomanos murieron en la batalla»
La situación no era mejor en el flanco contrario, donde Uluch Alí había conseguido atravesar la línea cristiana haciendo uso de una estratagema que alejó el ala derecha cristiana de la batalla. Por suerte, la escuadra de reserva acudió a socorrer el centro de «La Santa Liga». No obstante, no llegó lo suficientemente rápido como para salvar a varias galeras cristianas cuyos ocupantes fueron pasados a cuchillo sin piedad.
A partir de ese momento rindió la anarquía entre las diferentes naves, que trataban de resistir, junto al buque aliado más cercano, la acometida del enemigo. En este momento de incertidumbre, el joven Cervantes recibió varios disparos, uno de los cuales le alcanzó en la mano izquierda, dejándosela inútil para siempre. Por suerte, el posteriormente conocido como «el manco de Lepanto» pudo seguir escribiendo durante años con su brazo derecho.
Un final glorioso
«En esta situación, cuando la batalla se encontraba en el momento más decisivo, un disparo de arcabuz mató a Alí Pachá, lo que provocó el desmoronamiento de la resistencia a bordo de la Sultana. El estandarte musulmán fue arriado, al tiempo que los gritos de victoria en las filas cristianas iban pasando de una galera a otra», determina Renuncio.
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Pintura de Juan de Austria
Después de este golpe para los turcos, comenzó su retirada. «Uluch Alí consiguió escapar llevando consigo una pequeña parte de sus fuerzas y el estandarte arrebatado a los caballeros de la Orden de Malta, que también participaban en la armada cristiana», explica el experto.
«La victoria cristiana fue total. Entre 25.000 y 30.000 otomanos murieron en la batalla, frente a los 8.000 españoles, pontificios y venecianos. La batalla de Lepanto fue una matanza terrible, sin precedentes, pero sirvió para demostrar que el esfuerzo conjunto de las naciones cristianas podía frenar el avance del Imperio Otomano. Por fin, la armada del sultán había sido destruida, y con ella el mito de su invencibilidad», añade Renuncio.
Además del importantísimo valor militar, la batalla tuvo unas buenas consecuencias para España y la cristiandad. «Aunque aparentemente la batalla de Lepanto no tuvo consecuencias inmediatas, su importancia fue enorme desde el punto de vista moral y propagandístico, ya que sirvió para acabar en Europa con el mito de la invencibilidad otomana», finaliza el periodista.
Tras la batalla
A pesar de la gran derrota, el Imperio Otomano volvería a plantar batalla tan sólo tres años más tarde, cuando consiguió conquistar Túnez a los españoles. A su vez, en 1574, Venecia firmó en secreto la paz con el sultán, rompiendo la Santa Liga y traicionando a España y al Papa. De esta forma, y aunque el pacto le ofrecía ventajas comerciales, también obligaba a esta república a pagar un tributo a Estambul y renunciar a Chipre.
«La paz era humillante para Venecia, pero, al fin y al cabo, era una república de mercaderes y prefería garantizar la seguridad de sus intercambios comerciales con Oriente antes que seguir aventurándose en inciertas campañas militares. Así pues, España volvía a estar sola en su lucha contra el expansionismo otomano, lo que parecía anunciar nuevas e inevitables guerras», explica Renuncio.
Sin embargo, el conflicto entre ambos imperios sólo duró hasta 1577. «Paradójicamente, españoles y turcos empezaron a estar cada vez más interesados en poner fin a su enfrentamiento —al menos, a su enfrentamiento a gran escala—, para poder ocuparse cada uno, con mayor libertad, de sus asuntos en otros escenarios. Además, la inactividad otomana demostró ser su peor enemigo: las galeras del sultán se pudrieron en los puertos y nunca más volvieron a suponer una amenaza para la seguridad de los estados cristianos del Mediterráneo», añade el experto.
Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda
300 años a vueltas con el Peñón
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A vueltas con el Peñón
Gibraltar todavía trata de imponer su soberanía en unas aguas que la Corona española no cedió según el Tratado de Utrecht firmado en 1713
Macarena Gutiérrez. La Razón -12 de abril de 2013
MADRID- La efeméride llega en uno de los momentos más agrios del centenario contencioso y la jornada de ayer fue un ejemplo perfecto del tira y afloja de los últimos meses. A una protesta de Reino Unido por la «intromisión» española en sus «aguas», siguió la respuesta española: Gibraltar no tiene «aguas» y la soberanía de todo el perímetro que rodea a la Roca es española.
España sostiene que según el Tratado de Utrecht de 1713, la Corona cedió a la Reina de Inglaterra «la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar juntamente con su puerto, defensa y fortalezas que le pertenecen».
Peñón de Gibraltar en la actualidad
Pero nada de aguas, salvo las que bañan al puerto. Tres siglos después, el punto de fricción sigue intacto. A finales del mes de marzo de 2012, el recién estrenado Gobierno de Fabián Picardo puso en marcha una campaña sistemática de acoso a los pescadores de La Línea de la Concepción y Algeciras que faenan allí desde hace décadas. El motivo esgrimido por Picardo, la ilegalidad de las artes españolas, aún no se ha resuelto, pero bajo este argumento subyace la eterna disputa marítima. En el fuego cruzado han estado las cofradías, que estiman las pérdidas en más de un millón y medio de euros.
A la dificultad de echar las redes en la bocana del puerto gibraltareño se han añadido meses de mal tiempo y una regulación, en este caso española, de horarios que los pescadores no aciertan a comprender. Según Leoncio Fernández, patrón mayor de la cofradía de La Línea, «este año ha sido horrible, no hemos conocido nada igual. Yo ya debo cerca de 6.000 euros sólo de cuotas a la Seguridad Social. El acoso de las patrulleras llanitas nos ha quitado mucho, cerca de un 50%.Luego el mal tiempo y la veda nos han matado».
Lo cierto es que ni él ni ninguno de los miembros del sector consultados por este periódico espera mucho del Gobierno del otro lado de la Verja. El mismo Picardo ha dicho que este mes de abril dará a conocer la nueva legislación que determinará con qué se puede pescar, pero lo más probable es que el asunto acabe en una prohibición expresa que exija la solicitud de licencias para faenar.
Por el momento, el Ministerio de Agricultura se ha comprometido a «estudiar» la concesión de ayudas directas a las embarcaciones que se queden paradas a causa del hostigamiento gibraltareño.
Esta misma semana, el presidente del Gobierno ha recibido a su homólogo británico, David Cameron, por primera vez en La Moncloa. Según fuentes diplomáticas, el asunto gibraltareño estuvo muy lejos de marcar la agenda. El caldo gordo lo dejan en manos de los Ministros de Exteriores de ambos países porque, 300 años después, el contencioso sigue escociendo y nadie desea que contamine las relaciones bilaterales en pleno siglo XXI.
LA GUARDIA CIVIL ha escoltado estos meses a los pescadores
El acuerdo impedía «a judíos y moros habitar en la ciudad»
El artículo X del Tratado de Utrecht, que Luis XIV firmó en nombre de su nieto Felipe V, hace referencia a la cesión del Peñón los británicos, pero sobre todo, puso fin a la Guerra de Secesión y supuso la llegada a la Corona española del primer Borbón. Francia e Inglaterra firmaron su paz y España perdió, además de la estratégica Roca, la isla de Menorca, que no recuperaríamos hasta principios del siglo XIX. Aquel tratado obligaba a la Reina inglesa, entre otras cosas, a «no permitir por motivo alguno que judíos ni moros habiten ni tengan domicilio en la ciudad». Felipe V perdió la oportunidad de recuperar el Peñón dos años después a cambio de entregar su parte de La Española, lo que hoy es República Dominicana.
Tratado de Utrecht
Erik Martel
Embajador de España
Ante nuestras propias narices
Ayer se cumplió el tricentenario de la firma del Tratado de Utrecht por el que la Corona de España cede Gibraltar a la inglesa. Esta cesión se hace bajo determinadas condiciones. Se cede la ciudad y castillo, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, sin jurisdicción territorial y sin comunicación alguna por tierra. Se prohíbe el comercio entre España y lo cedido salvo en casos excepcionales. Finalmente, se proscribe la posibilidad de que Gibraltar pase a otras manos que no sean las inglesas salvo con el consentimiento de España. Lo cedido tenía una superficie terrestre de cuatro kilómetros y medio. Merced a una política reiterada de introducir la patita de lobo enharinada en el quicio de la puerta, han ido los británicos ocupando terrenos que casi duplican los cedidos. Y hay planes de triplicar la ocupación a través de «rellenos». De la apropiación de las aguas españolas tenemos noticia semanalmente. En cuanto a las comunicaciones, ahí está la apertura unilateral de la Verja y el floreciente comercio consentido merced al cual existe una próspera economía gibraltareña y no un fardo insoportable para el fisco británico, como se ha demostrado históricamente cuando se ha aplicado el Tratado. Por último, ante nuestras propias narices y con el «paso a paso» que tan buenos rendimientos ha brindado a los británicos, se ha iniciado, con el consentimiento de España, un proceso de independencia soterrado.
Se trata de que Gibraltar, sin dejar de formar parte de los dominios de su graciosa majestad como Canadá o Australia, adquiera una independencia de facto sin que España pueda alegar que ha pasado a otras manos pues continúa estando en las de la Corona a la que fue cedido. Muchos se preguntan si no ha llegado el momento de que España, en lugar de consentir, cumpla con lo acordado y aplique imaginativamente las cláusulas del Tratado.
En otro caso, ¿qué sentido tiene mantenerlo vigente? ¿No sería más razonable denunciarlo y plantear ante las Naciones Unidas el conflicto creado por la ocupación no consentida de nuestra soberanía, sometiéndose a la normativa y protocolo reservados para las controversias internacionales?
Francisco Javier de la Uz Jiménez
GIBRALTAR
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"Von Thíes " . De la Revista Fundación Nacional Francisco Franco
La única razón que tiene la Gran Bretaña para conservar Gibraltar es la fuerza, es decir, la razón de la fuerza. Es más fuerte que España, así que es inútil tratar de convencer a la diplomacia británica de que lo que hacen no está bien y que “sentémonos a negociar”. Si España fuera más fuerte, no tendría que hacer ninguna exhibición de poder, sencillamente con señalar el mapa, diría: “¡largo de aquí!”. Mientras eso no ocurra, que por las trazas nunca lo veremos nosotros, lo que se haga o se diga para salir del paso, es perder el tiempo. Y a veces, entre el ridículo y la vergüenza, que es lo que sufren nuestros políticos y diplomáticos cuando nos meten el camelo de que en el “fondo de la entrevista” de Rajoy con Cameron está el tema de Gibraltar. 13 años de verja cerrada le costó a la Gran Bretaña una buena montaña de libras esterlinas. Gibraltar dejaba de ser un negocio borracho para ser una carga poco soportable.
Lo único que puede mover a la Gran Bretaña a modificar sus esquemas colonialistas es que Gibraltar, en vez de ser un extraordinario negocio (las leyes británicas en Gibraltar protegen la ilegalidad del contrabando), que se convierta en una carga económica que lleve trazas de convertirse en insoportable. “The Money is de Money”, es decir, que “la pela es la pela”, son palabras mayores… Y sólo Franco (¿quién iba a ser?) supo ponerles las cosas muy difíciles y caras a los británicos cuando cerró la verja (la verja es inglesa) y las libras dejaron de fluir hacia las arcas de las islas Británicas. En los Comunes ya se empezaba a considerar que no valía la pena gastar tanto dinero para soportar a los “escorpiones de roca”, a los que nosotros llamábamos de forma más amable, “llanitos”. El Libro Rojo, del que mostramos su versión en francés, fue un aldabonazo en las flacas y adormecidas conciencias diplomáticas. Castiella consiguió poner a los ingleses en situación incómoda, a la que no estaban acostumbrados.
Hemos leído el Libro Rojo de Gibraltar, que redactara Castiella, aquella pesadilla que hizo tambalear la omnipotencia británica sobre el Peñón, que ellos (y mucha de nuestra prensa) llaman “Roca”. Lo que se decía era incuestionable y muchos diplomáticos de la ONU se empezaron a enterar, no ya de dónde estaba Gibraltar, sino de sus raras y vergonzosas circunstancias. Y en las sucesivas votaciones en la ONU, nos fuimos enterando por dónde estaban nuestros amigos, aliados, convecinos o interesados aliados. Parte de la Europa que tanto nos quiere daba la razón a la Gran Bretaña, o se abstenía, mientras que casi todos los países hispanoamericanos (de los “latinoamericanos” no tenemos ni idea…) se alineaban del lado español, junto a la mayor parte de los países árabes (Israel votaba a favor de Inglaterra). A los del Este les hacía muy poca gracia una base de OTAN en el Estrecho de Gibraltar. Y de esa forma salió adelante la propuesta de abrir conversaciones entre España y la Gran Bretaña, y como ésta se negaba despectivamente a iniciarlas, Franco ordenó cerrar la verja en 1968, y allí empezaron los problemas en el Peñón que duraron trece años, hasta que en la democracia de partidos se volvió a abrir en diciembre de 1982, oyéndose en el Peñón y en la City un suspiro de alivio que se llegó hasta Nueva Zelanda.
4.800 trabajadores españoles ya no podían seguir trabajando en Gibraltar (los seguros sociales no los pagaban los rapaces “llanitos”, los pagaba España), situación que se solucionó creando un Polo de Desarrollo en La Línea, de cuyos resultado nadie nos puede contar nada, porque nosotros hemos sido testigos. También se creó una sobretasa en sellos de correos para paliar el problema creado por el cierre de la verja.
Con la villanía ya institucionalizada en España, el 21 de julio de 2009 el ministro Miguel Ángel Moratinos fue el primer cargo del Gobierno de España en cruzar la Verja. Lo hizo para reunirse con Peter Caruana, Ministro Principal de Gibraltar y con el “primo de Zumosol” británico. Y se hizo una foto (¡sonriendo!) cruzando las manos con el inglés y el “llanito”. ¿Y éste es el país de Numancia, Las Navas y Bailén? Se nos ha asegurado que el Vaticano quería cerrar el “Limbo” por no ser ya necesario, pero no lo puede hacer porque se quedaría allí encerrado Moratinos. La foto de la vergüenza, la nuestra, porque Moratinos carece de ella.
A lo mejor le acompaña alguna mona de Gibraltar, de esa raza autóctona que no es autóctona. A principios del siglo XX se extinguieron los monos del Peñón, posiblemente una epidemia, y entonces se llevaron a Gibraltar monos de Marruecos, les dieron pasaporte británico, se recriaron en el Peñón y a hacerse fotos con los turistas, a ser posible con Moratinos.
Cuando por fin los Aznares, Felipes, Zapateros o Rajoys sólo sean tristes referencias lejanas de la Historia y por fin tenga España un presidente del Gobierno de verdad, deberá imponer a Gibraltar una política basada en este DECÁLOGO que le cedemos gratuitamente..
I- EL TRATADO DE UTRECH SERÁ DENUNCIADO Y CONSIDERADO LETRA MUERTA.
Ya lo exigía Castiella, pero es que el Premier británico Wilson, también había dicho que el tratado de Utrech estaba obsoleto. Y sin embargo se agarraban a él como lapas. Resulta curioso que la Gran Bretaña, cuya capacidad para no respetar tratados es conmovedora, se empeñe en respetar el de Utrech, único tratado en la Historia que al parecer hay que cumplir, no al pie de la letra, sino al pie de SU letra.
II.-CUALQUIER CONVERSACIÓN SOBRE GIBRALTAR CON LA GRAN BRETAÑA DEBERÁ IR PRECEDIDA POR LA RESTITUCIÓN INMEDIATA Y SIN CONDICIONES DE LA ZONA DONDE SE ENCUENTRA INSTALADO EL AEROPUERTO.
Este ilegal aeropuerto, construido en plena guerra de Liberación (1938), sirvió a los aliados junto con el uso también ilegal del espacio marítimo, para operaciones en la segunda guerra mundial. Este espacio marítimo fue cedido a los británicos para ayudarles en la campaña de las Malvinas en tiempos del triste Leopoldo Calvo Sotelo.
Con Franco las cosas eran más difíciles. Un avión fue derribado por entrar en el espacio aéreo español, y las sucesivas y continuas interferencias de aviones españoles que hacía peligrar el uso del aeródromo, motivaron agrias intervenciones en los Comunes.
III.-SERÁ PROHIBIDO TO-DO VUELO QUE VAYA O PROCEDA DE ESE AERO-PUERTO Y RETIRADAS TO-DAS LAS AYUDAS A LA NAVEGACIÓN.
El aeropuerto de Gibraltar, no sólo está construido en zona española sino que su prolongación en el mar viola nuestras aguas jurisdiccionales.
El aeródromo, sin el apoyo español para el tráfico aéreo, no sirve para nada. Lógicamente no puede estar incluido en el despliegue OTAN.
IV.-MIENTRAS CONTINÚE LA OCUPACIÓN DEL PEÑÓN, NUNCA PODRÁ UN SOBE-RANO O SOBERANA DE LA GRAN BRETAÑA VISITAR OFICIALMENTE ESPAÑA. EN VISITA PRIVADA, CUANDO QUIERA.
V.-IDEM ID, NUNCA PODRÁ UN SOBERANO O PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE ESPAÑA VISITAR OFICIALMENTE EL REINO UNIDO. EN VISITA PRIVADA, CUANDO QUIERAN.
VI.-HASTA QUE EL REINO UNIDO ACEPTE LAS CONVERSACIONES PARA LA DEVOLUCIÓN DEL PEÑÓN, SE CORTARÁ TODO PASO TERRESTRE HACIA LA COLONIA BRITÁNICA, SE CERRARÁ CON CANDADO Y LLAVE LA VERJA, Y ÉSTA (LA LLAVE, CLARO…) SERÁ ARROJADA A LA FOSA DE LAS MARIANAS.
VII.-EL TERRITORIO OCUPADO POR EL REINO UNIDO SERÁ DENOMINADO OFICIALMENTE COMO T.U.P.E. “TERRITORIO USURPADO POR POTENCIA EXTRAJERA”.
VIII.-LOS HABITATNTES DE LA COLONIA TENDRÁN EN ESPAÑA LA PERSONALIDAD JURIDICA DE SÚBDITOS DE LA GRAN BRETAÑA O DE CUALQUIER OTRO PAÍS LIBRE O POR LIBERAR. NO SE RECONOCERÁN DOCUMENTOS DE IDENTIDAD O PASAPORTES PROCEDENTES DEL TERRITORIO OCUPADO.
IX.-SERÁ REPRIMIDO CON EL MÁXIMO RIGOR Y DUREZA EL TRÁFICO DE CONTRABANDO Y NO SE AUTORIZARÁ A NINGÚN NAVÍO DE LA ARMADA BRITÁNICA FONDEAR EN AGUAS JURISDICCIONALES ES-PAÑOLAS.
Es indudable, que al igual que las autoridades británicas han legislado durante tres siglos para favorecer el contrabando, la droga y las fugas de capitales, tratarán de proteger con sus barcos a los piratas y contrabandistas, pero una actitud firme, continua, asfixiante, implacable y sin concesiones irá obligando a los pendejos protegidos por la bandera británica a buscarse la vida en otra parte.
X.-SE HARÁ UNA NUEVA EDICIÓN DEL “LIBRO ROJO DE GIBRALTAR” QUE SERÁ REPARTIDO EN TODAS LAS DELEGACIONES DE LA ONU. TAMBIÉN SE HARÁ UNA EDICIÓN RESUMIDA PARA ESCUELAS, COLEGIOS, UNIVERSIDADES Y PARLAMENTO ESPAÑOL
Y cerramos esto con el escudo que tenía España cuando la vergüenza era una de las características de la España que crecía y se desarrollaba.
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