CLAMAR EN EL DESIERTO


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(Remitido por el Coronel Jesús Flores Thies)
Cuando a partir de la muerte del Generalísimo Franco, primero de una forma más silenciosa y ladina, después más descarada y acelerada, se fue desmontando aquel patrimonio militar que tuviera alguna relación con el llamado “anterior régimen”, no hubo en ningún momento una defensa de lo que se eliminaba, quitaba, destruía o se escondía. No hubo defensa, llamemos, defensa militar oficial.

Como han pasado más de treinta años, a muchos ya les falla la memoria, pero quien se cree que estos ataques a nuestro patrimonio y nuestras tradiciones es cosa del señor Rodríguez Zapatero y de la pútrida memoria histórica, están equivocados, porque empezó mucho antes. Y nuestros enemigos, que nadie dude que eran entonces nuestros enemigos, aunque hemos llegado a una situación de rendición que hoy parece que ya no lo son tanto, al ver la facilidad con la que podían acogotar al mando militar, continuaron con su tarea de humillarnos, culminando esa tarea con la “Memoria Histórica” ordenada por un desequilibrado mental elevado al solio monclovita por las explosiones de un 11 M, y completado con el nombramiento de una ministra de presunta DEFENSA, la señora Chacón, auténtica bofetada en la cara de un Ejército ciego, sordo y mudo.
Seguimos clamando en el desierto cuando hablamos del hecho descorazonador de confundir disciplina con sumisión. Muchos de los máximos mandos elegidos por estos ministros, no importa si el gobierno es de una secta o de otra, han aceptado de una forma sumisa, que en un futuro será calificada de forma muy dura (hoy nadie se atreve,) la condena al régimen en el que ellos sirvieron, cosa que puede tener cierta importancia, pero como también nosotros servimos, y esto sí que la tiene. Porque miles de militares, con entusiasmo y espíritu de servicio, servimos a España en el Ejército en épocas duras y difíciles, precisamente en aquel Ejército que es hoy condenado. Y, sorprendentemente, firma esa maldita ley quien se le denomina “primer soldado de España”, que si es “primer soldado” es porque el Generalísimo Franco así lo quiso.
Han pasado los años, y antes de que el aburrimiento, el encogimiento de hombros, la abulia y el desencanto sea el motor casi parado de aquello que se llamaba antes gran familia militar, hay que ir despertando, hay que levantar la cabeza y hay que mirar a nuestro alrededor para ver la ruina de nuestros ideales, de nuestras tradiciones y de nuestro patrimonio. Y después ponerse en pie para recuperarlo. Que ni un recuerdo, placa, escudo, monumento, cruz, símbolo sea ya destruido y, además, hay que recuperar lo que todavía es recuperable.
Nos imaginamos que si alguien oye este clamor en el desierto dirá que el que grita está loco. Estamos tan acostumbrados al silencio...
Se mira para otro lado, se pasan las indignaciones momentáneas, se deja hacer, se olvida todo… Pero ahí están los trofeos conseguidos por nuestros enemigos (insistimos en que son nuestros enemigos) y no es el menor llegar al borde de la quiebra de España. Hay quien cree que esa quiebra no es posible, que el sistema político actual tiene una monarquía y unos resortes políticos para impedirlo, pero no es tanto que tenga o no resortes, al parecer atascados, sino que esa quiebra está en la propia sociedad española. Sociedad auténticamente sodomizada.
En estos momentos de dura crisis, que recae de forma implacable sobre la parte más numerosa y débil de esa sociedad, pedir que se restituya lo saqueado de nuestro patrimonio histórico produce hasta sonrisas piadosas. “No es el momento”, dirá alguien. En pleno estallido de la crisis esa destrucción de tradiciones militares trabajó a pleno rendimiento, ahora se puede hacer lo mismo.
Si hacemos un repaso de lo que el mando militar ha permitido y ayudado a destruir o eliminar, la rabia nos ahoga. Podemos hacer, desde el punto de vista más o menos limitado del que clama en el desierto, una lista interminable. Sólo citaremos lo más “emblemático”: la desaparición del Museo del Ejército de Madrid, para almacenarlo en el Alcázar y exponerlo sólo en parte, intencionadamente aséptica; la desaparición del Museo Militar de Montjuich, almacenado en seis lugares diferentes, mientras que las valiosas piezas artilleras del Patio de Armas nadie sabe donde están (no hubo apenas información o comentarios sobre la eliminación de este museo en las publicaciones dependientes del Ministerios de Defensa); la eliminación de la estatua del Generalísimo Franco de la Academia General de Zaragoza (años antes ya se le había quitado de la base del monumento el “Victor del Caudillo”); la eliminación de la estatua del general Millán Astray de La Coruña, sin tan siquiera un gesto legionario; la desaparición en el Hacho de Ceuta del pequeño monumento al paso del Estrecho por el Convoy de la Victoria, allí estaba también el mástil del heroico “Cañonero Dato”; la eliminación en Barcelona de los excepcionales escudos de España de Capitanía y Gobierno Militar, y de todos los que había en el cementerio militar de San Andrés; la eliminación de escudos y símbolos del Foso de Santa Elena, en Montjuich, donde fueron fusilados más de 200 patriotas en la guerra de Liberación; la desaparición de casi todos los monumentos a los Caídos erigidos en toda España, sin un solo gesto de disgusto por parte del “mando”; la eliminación de nombres de héroes en calles en los propios acuartelamientos; la eliminación de la estatua del comandante Franco de un acuartelamiento de la Legión; el cambio de denominación de la residencia de estudiantes de Barcelona, para quitar el nombre del general Muñoz Grades (sin una sola queja en las publicaciones militares oficiales)…
Y para no aburrir a las ovejas, pongamos como símbolos de esta triste realidad, dos hechos “intrascendentes” muy separados en el tiempo: uno, allá por los años 80, el otro en el año 2011. Unos treinta años entre ambos casos. En el primero, se arresta (14 días) a un coronel, que se despide de su unidad, por citar en la Orden su respeto al Caudillo que había sido su guía a lo largo de su vida militar. En el otro, se obliga a un oficial destacado en el Líbano a cambiar, al día siguiente de escribirla, lo que había escrito en la Efemérides del día 20 de noviembre, que en ese día muere Francisco Franco, que fue Jefe del Estado durante casi 40 años. No dice nada más, ni una sola palabra más sospechosa de elogio. La nueva efemérides del día 20 se cambia y se publica “sin Franco” el día 21.

Seguiremos clamando en el desierto, como un beduino solitario más de los que no admitimos esta situación, y seguiremos diciendo que cuando la estatua del Generalísimo Franco sea restituida a la Academia General en Zaragoza, se habrá empezado a restituir al Ejército la dignidad que le han ido quitando a lo largo de tantos años de sumisión, no lo olvidemos, sumisión al enemigo.
Blas de Lezo

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