LA ACADEMIA GENERAL MILITAR EN SU PRIMERA ÉPOCA
Toledo (1882-1893)
(En el CXXXI Aniversario Fundacional)
DEDICATORIA A la Academia General Militar de Toledo, brillantísimo Centro docente de formación de Oficiales y escuela singular de virtudes patrias. Al cumplirse su 131º Aniversario Fundacional (1882-2013).
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La Academia General, que por dicha superior normativa se creaba, estaría situada en la ciudad de Toledo y concretamente en su Alcázar milenario. El cargo de director sería ejercido por un Mariscal de Campo asistido por dos coroneles, uno como Jefe de Estudios y otro Jefe del Detall y Contabilidad del Centro, así como por un prestigioso plantel de Sres. Jefes y Oficiales convocados por oposición que dieron un gran prestigio docente a la Academia. Respecto a las plazas de alumnos, éstas se cubrirían por oposición entre los aspirantes que reuniesen las condiciones previstas en la convocatoria y superasen las correspondientes pruebas exigidas por los tribunales de ingreso. La edad mínima se fijaba en 14 años para los hijos de militar y 16 para los paisanos (sin exceder de los 18), ampliados hasta los 19 para los que estuviesen en posesión del Título de Bachiller y hasta los 22 para las “clases de tropa” en activo. Los alumnos que reunían todos los requisitos y habían sido declarados aptos en el reconocimiento médico, pasaban a realizar las pruebas de ingreso. Estas constaban de dos grupos: el primero comprendía nociones de aritmética, traducción del francés y dibujo natural; el segundo, la Historia General de España, la Geografía Universal y la gramática castellana.
El “Plan de Estudios” académico constaba de cuatro cursos; los dos primeros comunes, a cuyo final los aspirantes a Infantería o Caballería pasaban a cursar los estudios especiales de sus Armas respectivas, y los que deseaban ingresar en las Academias de Artillería, Ingenieros o Estado Mayor, pasaban a estudiar, en ese tercer año, un curso preparatorio que comprendía una serie de disciplinas basadas en ciencias físicas, químicas y matemáticas, según programa elaborado al efecto por las Juntas Facultativas de dichas Academias Especiales. Al finalizar con aprovechamiento ese tercer año académico eran promovidos a Alféreces Alumnos, completando su formación durante un cuarto curso, los de Infantería y Caballería en las dependencias de sus Escuelas de Aplicación respectivas, mientras que los de Artillería e Ingenieros pasaban a cursar el primero de los dos cursos reglamentarios, a sus respectivas Academias. Finalizado el Plan de Estudios correspondiente, los Alumnos procedentes de Infantería y Caballería eran promovidos a Segundos Tenientes, y los de Artillería, Ingenieros y Estado Mayor a Primeros Tenientes.
Y así comenzó la Academia General Militar su noble caminar, sin que nadie pudiese pensar entonces – eran tantas las ilusiones y esperanzas puestas en su creación- que su vida activa iba a quedar reducida a poco mas de una década. A comienzos de 1883, se nombró director de la misma al Excmo. Sr. Mariscal de Campo ( General de División en su denominación actual) DON JOSÉ GALBIS Y ABELLA, prestigioso militar procedente del Cuerpo de Estado Mayor, que supo inculcar a sus alumnos un espíritu militar muy superior al espíritu de Arma, a menudo excesivo y a veces mal entendido. La labor del general Galbis fue importantísima y su obra y su recuerdo quedaron grabados en la mente y en el corazón de los que fueron sus alumnos. Dirigió la Academia General desde 1883 hasta el 16 de Octubre de 1887, en que fue designado para el mando de una división en la Capitanía General de Castilla la Nueva, falleciendo de teniente general en Valladolid el 20 de Marzo de 1891, a los cincuenta años de edad.
Como Jefe de Estudios fue designado el Coronel de Ingenieros Don FEDERICO VÁZQUEZ LANDA, prestigioso jefe de dicho Cuerpo, inventor del movimiento táctico denominado “ángulo de Vázquez Landa”, que vino a sustituir con ventaja el ya obsoleto “cuadro”, reglamentario en nuestra táctica hasta entonces. El Coronel Vázquez Landa fue el primero y el único jefe de estudios de la Academia General en su primera época. Retirado de coronel (incomprensiblemente no hubo para él una merecidísima faja de general), el cierre de “su Academia “en 1893 acabó con sus ilusiones y también con su vida, pues falleció al poco de clausurada esta.
En el otoño de 1882, se anunciaron las oposiciones para cubrir 250 plazas de alumnos que integrarían la Primera Promoción de la Academia, a las que se sumaron los admitidos con “plaza de gracia”, arrojando un total de 274 alumnos aprobados, que se incorporaron a clase el día 20 de Febrero de 1883, al año justo del Real Decreto de creación de la Academia.
El 28 de Mayo de 1885, S.M. El Rey Don Alfonso XII quiso sorprender a la Academia General que realizaba sus prácticas anuales en el campamento de Majazala (Toledo). Ya la cruel enfermedad (tuberculosis) que desde hacía tiempo venía minando la salud del monarca, se había ido acrecentando últimamente, hasta el punto de acabar con su vida tan sólo seis meses mas tarde. Aún así, llevado de su gran amor al Ejército y a la Academia creada por su regia iniciativa, quiso compartir unas horas con sus alumnos. A tal fin, en la madrugada de dicho día, salió Don Alfonso desde la estación de Aranjuez, acompañado por sus ayudantes y el Coronel jefe del Regimiento de San Fernando, junto con dos compañías de este Cuerpo al completo de sus efectivos. Poco antes de llegar a la estación de Algodor, echó pie a tierra una sección, la cual amparada por las sombras de la noche logró alcanzar la estación telegráfica que allí tenía la Academia, haciendo “prisioneros” a los alumnos que la constituían y cortando la línea con el campamento. Situado Don Alfonso al frente de las tropas, emprendió la marcha por el camino carretero que enlaza la estación de Algodor con el campamento, adoptando todo tipo de precauciones para que la operación resultara una verdadera sorpresa. De pronto, los exploradores sintieron que sus pies se enredaban en algún objeto invisible, el cual a su vez produjo un ruido estridente que les hizo detener la marcha. El extraño artilugio en que habían tropezado los soldados de vanguardia no era sino una red de alambradas en las que se habían insertado una serie de latas vacías, que armaron tal estrépito que el servicio de seguridad funcionó inmediatamente, tal y como pudiesen hacerlo ante un ataque de un enemigo real, y no ficticio, como en este caso. Al toque de “generala” formaron los alumnos, y a los pocos instantes todas las compañías ocupaban los puestos que de antemano tenían señalados para su defensa. Las fuerzas de ataque, frustrada la sorpresa, renunciaron a la operación adelantándose Don Alfonso y dándose a conocer ante el estupor de los alumnos, siendo muy aclamado y vitoreado por estos.
El 17 de Julio de 1886, le fue entregada solemnemente a la Academia General la Bandera que había sido bordada por la Reina Doña Maria Cristina, viuda ya del Rey Don Alfonso XII. (Las tres primeras promociones habían prestado juramento ante la Bandera del extinguido Colegio de Infantería). A las palabras del General Blanco, representante de la Reina en el acto de la entrega, contestó el General Galbis con un emotivo discurso al que cerraba este patriótico párrafo: “Quien sirva en esta Academia y jure ante esta Bandera, aunque quisiera ser traidor no podrá serlo nunca”. Muchas iban a ser, sin embargo, las vicisitudes por las que había de pasar dicha bandera a partir de ese año 1886. Salvada milagrosamente de las llamas – por el capitán de la guardia de prevención, que se produjo en su rescate graves quemaduras en ambas manos- de un devastador incendio que asoló el Alcázar en la tarde-noche del 9 de Enero de 1887, a la disolución de la Academia General en 1893 pasó a la Academia de Infantería, sustituyéndole el título del centro bordado en su tafetán, donde permanece hasta el año 1915, en que es sustituida por otra bordada por la Reina Doña Victoria Eugenia. Reinstaurada la Academia General Militar en Zaragoza el año 1927, vuelve de nuevo a ella la bandera de la Reina Maria Cristina, y allí preside todos los actos solemnes hasta la nueva disolución del Centro en 1931. El año 1942, vuelve de nuevo a la Academia General en esta su tercera – y por ahora definitiva- época, donde permanece desde entonces.
Durísimo fue el golpe para la Academia General motivado por el incendio de 1887, donde el Alcázar queda parcialmente derruido, perdiéndose muchísimo libros – entre ellos bellísimos incunables- que se conservaban en su magnífica biblioteca. El ilustrado historiador militar Don Miguel Gistau, en su libro “La Academia General Militar”, nos ha dejado una muy documentada narración de este pavoroso siniestro :”Poco después de las seis y media de la tarde del 9 de Enero de 1887, y cuando los alumnos se encontraban en estudio, el capitán de la Guardia de Prevención de la Academia, que se hallaba en el cuarto de banderas, notó un gran resplandor en las vidrieras de las ventanas, y al asomarse al patio para enterarse de la causa, vio con el natural asombro, salir grandes llamaradas por las ventanas de la biblioteca. Para evitar que la precipitación y alarma ocasionaran desgracias no se tocó fuego, y mientras varios ordenanzas y soldados de la guardia corrían hacia la población para avisar del siniestro, el corneta de guardia tocaba “generala a la carrera”. En el espíritu de disciplina que en todos sus actos ponen los alumnos sin la menor pregunta, saltando por las escaleras, en pocos segundos bajaron al patio, viendo con el consiguiente estupor, las columnas de humo y llamas que salín del piso principal. Hundióse sobre la biblioteca, transformada en volcán horrible, el piso de la sala de estudios de la 1ª Compañía de Alumnos, en cuanto el último de estos, acudiendo al toque de “generala” salió de la estancia, y pocos momentos después se verificó el desplome total del interior, hiriendo los escombros, aunque levemente, a varios alumnos de las últimas filas que salían. Como si las paredes fuesen de yesca, se corrió el incendio a las galerías inmediatas, y a la hora de haberse propagado este, el Alcázar era por los cuatro costados una tremenda hoguera”. Varias alas del impresionante edificio del Alcázar quedaron reducidas a un montón de escombros, por lo que la Academia tuvo que trasladar sus alumnos a los edificios inmediatos de Santa Cruz y Capuchinos, donde siguieron dando las clases con, prácticamente entera normalidad; prolongándose las obras de restauración del emblemático edificio, a los finales del Siglo XIX y a los iniciales del XX. (1)
Sin embargo, otros eran los peligros que, subrepticiamente empezaban ya a acechar al prestigioso Centro de Enseñanza Militar. Al cabo de tan sólo una década, cuando comenzaba a tocarse el resultado de un sistema que venía dando excelentes frutos, el Teniente General López Domínguez, Ministro de la Guerra, puso a la firma de S.M. la Reina Regente, el Real Decreto de 8 de Febrero de 1893, por el que se suprimía la Academia General de Toledo, volviéndose al antiguo sistema de Academias particulares y específicas para cada Arma o Cuerpo correspondiente. Así, de un plumazo, sin argumentos, sin causas, sin razón alguna que lo justificase se obligaba al cierre de esta primera “GENERAL” cuando la Patria y el Estado tenían depositada en ella sus más firmes esperanzas. Tantos años suspirando por la “unidad de origen” que debía presidir los estudios de nuestros jóvenes aspirantes a Oficiales del Ejército, para que una vez conseguida se perdiese sin motivo aparente alguno. A Don José Galbis, le había sucedido en la dirección del Centro, el general Don Pedro Mella y Montenegro, que la ejerce desde 1887 a 1891, y a éste, el de igual empleo Don Manuel de la Cerda y Gómez-Pedroso, que la dirige hasta su cierre en 1893, correspondiéndole el amargo trago de su clausura.
En las aulas del Alcázar toledano se educaron, en esta primera época de la Academia General : 2.250 Alumnos, agrupados en diez promociones, de las que salieron una excelsa nómina de Oficiales, jefes y generales, que conocidos por los “GALBIS”, en homenaje a su primer director, dieron con su inteligencia, estudio y heroísmo, muchos días de gloria a la Patria y prestigio a su Ejército. A ellos les tocó participar en todas las campañas en las que España intervino desde finales del Siglo XIX, y muchos de ellos, casi niños todavía, ofrendaron su vida a la Patria, al morir por ella en la manigua cubana o en el dédalo inextricable del Archipiélago filipino. Es altísimo el número de Oficiales formados en esta primera “General” caídos sobre el campo de batalla, hasta tal punto, que según los cálculos que he podido constatar, al inicio de los años veinte, ya se aproximaban al millar los fallecidos en campaña – o de sus resultas- procedentes de tan prestigioso Centro. El primer caído en acción de guerra fue el Teniente de Infantería D. Vicente García Cabrelles, muerto en la campaña de Melilla el año 1893; el último, el general de División, Laureado de San Fernando: Don Domingo Batet Mestre, fusilado en Burgos al amanecer del 17 de Febrero de 1937, al no haberse sumado al Alzamiento Nacional.
A la cabeza de la distinguida nómina de militares españoles formados en las aulas de la primera Academia General, hemos de situar, sin lugar a dudas, al General Primo de Rivera, por la amplísima proyección de su figura tanto en el campo militar como en el político. Don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, 2º Marqués de Estella, nació en Jerez de la Frontera en 1870. El año 1884, y formando parte de la 2ª Promoción, ingresa en la Academia General de Toledo, siendo promovido a segundo teniente de Infantería en 1888. Combate en la campaña de Melilla de 1893, donde consigue su primera Cruz de San Fernando (Cruz sencilla sin orla de laurel) ( la segunda , Gran Cruz, la conseguiría de teniente general), al rescatar sable en mano y bajo un nutrido fuego de la harca enemiga, un cañón que había quedado al descubierto en las proximidades del fuerte de Cabrerizas Altas. Posteriormente se distingue en las campañas de Ultramar (lucha en Cuba en 1895 y en Filipinas, en 1897), y nuevamente en Marruecos, donde alcanza el generalato en 1911, siendo el primer alumno de la “General” que luce la faja rojo-carmesí, por lo que es objeto de un cálido homenaje por parte de sus compañeros. En 1923, desempeñando –ya de teniente general- el mando de la Capitanía General de Cataluña, se alza contra el Gobierno para remediar la caótica situación del país y, con la aquiescencia del Rey Don Alfonso XIII, formó un Directorio Militar, presidido por él mismo. La Patria le tiene que agradecer el haber acabado con esa interminable guerra de Marruecos, que tanto luto y tanta desolación llevó a millares de hogares españoles; así como el haber acometido un vasto trazado de obras públicas, que con el saneamiento de las finanzas elevó internacionalmente el prestigio de España. En 1927, restableció la Academia General Militar ( 2ª Época) situándola, en esta ocasión en unos terrenos próximos a Zaragoza, y proponiendo a S.M. El Rey que nombrase Director al más joven y brillante de sus generales: Don Francisco Franco Bahamonde. Falto del apoyo y comprensión de sus compañeros, el Teniente General Primo de Rivera dimitió el 28 de Enero de 1930, marchando a París donde fallece al poco tiempo. En 1947, su antiguo subordinado Francisco Franco, convertido en Jefe del Estado Español, lo ascendió “a título póstumo” a Capitán General del Ejército (Decreto de 22 de Marzo de 1947)
Pasaron también por las aulas de esta primera GENERAL, los heroicos infantes Sanjurjo (condecorado al igual que Primo de Rivera con dos Laureadas), Burguete, López Pozas, Rodríguez Casademunt, Batet, Jiménez Morales, Ruiz Belando, Fernández Cuevas y Allanegui; el no menos heroico y esforzado Cavalcanti (éste de Caballería), así como los distinguidos artilleros Aguilera, Fernández Herce y Guiloche, que junto a los ingenieros Alvárez de Espejo y Gil Clemente, cierran la egregia nómina de esta procedencia, condecorados por su valor frente al enemigo con la Cruz de las Rojas Espadas orlada de laureles, que lleva el nombre del Santo Rey Fernando III. En resumen : 16 Caballeros Laureados y 18 las Cruces de esta Real y Militar Orden (hay dos bilaureados) dicen mucho de la entrega y heroísmo de los que un día, cursaron sus estudios en la Academia General Militar de Toledo., más conocida en el lenguaje de los historiadores como “ La General Toledana”.
Respecto al profesorado, el ilustre Coronel de Infantería Don Federico de Madariaga nos ha dejado la siguiente descripción : “Es justo consagrar un recuerdo a los profesores que allí contribuyeron a formar a una generación de brillantes oficiales, como Don Modesto Navarro (hoy Coronel de Infantería) escritor de sólida reputación, y que mandando luego un batallón en Cuba, consolidó su fama de excelente táctico. Don Francisco Larrea, teniente coronel de Estado Mayor, que se ha distinguido en las últimas campañas al frente de columnas que dirigió con gran maestría; Don Joaquín Agulla que manda un Batallón de Cazadores con gran lucimiento: Don José Villalba Riquelme, hoy teniente coronel de Infantería (capitán entonces) reconocido autor de la obra “Táctica de las tres Armas”; Don Pablo Parellada, capitán de Ingenieros (hoy teniente coronel), que a su profunda instrucción personal une el peregrino ingenio, que bajo el seudónimo de “MELITÓN GONZÁLEZ” ha escrito tantas y tantas donosuras teatrales, que le han granjeado justa popularidad. Don Nemesio Lagarde, Ingeniero Militar, ya retirado, artista hasta la médula, que ha dejado una admirable obra para los zapadores-minadores; Don Casto Barbasán, en quien no se sabe que admirar mas, si su fe o su talento; Don Domingo Arráiz de la Condorena, dos veces atravesado por el plomo enemigo, la última en la heroica defensa de las Lomas de San Juan, en Cuba. Don Enrique Ruiz Fornell, que a sus méritos de escritor une el título honroso de haber sido profesor de S.M. El Rey Don Alfonso XIII. Don Antonio Azuela, director luego de la Academia de Artillería, a la par que eximio artillero.... y sobre todos descuella por su jerarquía y por su iniciativa fecunda, por su amor a la juventud, su entusiasmo y los grandes servicios que prestó a la enseñanza militar, el Coronel de Ingenieros DON FEDERICO VÁZQUEZ LANDA, hombre verdaderamente superior para el que no hubo aquí una faja de general, por culpa, sin duda, de los sistemas al uso, y que murió ahogado por la pena que le produjo la desaparición de aquél centro de educación que era ya parte integrante de su ser, una necesidad de su corazón y de su inteligencia”.
Así era el culto profesorado de la Academia General Militar en su primera época. En 1893, nuevos planes y reformas de la Enseñanza Militar hacen que el prestigioso Centro cierre sus puertas, causando un intenso dolor por su desaparición a profesores y alumnos. Pero, como años mas tarde dijera en ocasión similar un ilustre general, Director de la Academia General en su 2ª Época: “Se deshace la fábrica, pero la obra queda”. Y la obra eran los mas de dos mil oficiales formados en sus aulas, que repartidos por todas las guarniciones de nuestra Patria, dieron , con la entrega generosa de la vida de una inmensa mayoría de ellos, grandes días de gloria a la Patria y prestigio sin igual a su Ejército. El autor de las presentes líneas, modesto Oficial de Complemento formado en la Milicia Universitaria, quiere rendir su sentido homenaje a tan prestigioso centro militar docente en este su 131º Aniversario Fundacional.
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- Durante los últimos tres siglos, el Alcázar de Toledo ha sido parcialmente destruido en cuatro ocasiones: La 1ª el 28 de Noviembre de 1710, durante la Guerra de Sucesión, al evacuar Toledo las tropas del Archiduque Don Carlos prenden fuego al Alcázar. La 2ª, un siglo más tarde: el 31 de Enero de 1810, siendo en esta ocasión el ejército francés el que lo incendia en su retirada de la ciudad. La 3ª, durante el pavoroso incendio acaecido en la tarde-noche del 9 de Enero de 1887, al que hago referencia en las presentes líneas. Y la 4ª, durante el asedio y destrucción a que fue sometido el Alcázar al inicio de nuestra Guerra Civil (del 21 de Julio al 28 de Septiembre de 1936). Pero allí sigue, atalaya y centinela permanente, sobre una colina de la Imperial Toledo, cual “Ave Fénix” resurgido de sus propias cenizas. El Alcázar, hoy como ayer, erguido y desafiante con la robustez de sus muros, testigos de más de diez siglos de brillante historia.
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Sevilla, 20 de Febrero de 2013
(En el 131º Aniversario de la Fundación en Toledo de laAcademia General Militar)
(20 de febrero de 1882—20 de Febrero de 2013)
Por Francisco Ángel CAÑETE PÁEZ
Comandante de Infantería
Economista y Profesor Mercantil
Ex Profesor de la Academia de Infantería de Toledo




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