Finalizados aquellos tristes años de enfrentamientos fratricidas en nuestra nación patria, llegué al mundo en el seno de una familia cristiana, como tantas otras, en las que se respiraban valores definidos y de especial amor a nuestra España, aún rota y dolorida por la guerra, dejando en mí huella indeleble de todo lo acaecido. Con el transcurrir de los años, se haría patente, aún más si cabe, al comprender aquello que fue de todo punto inevitable.
Y fueron, en efecto, en aquellos primeros años de mi vida, en los que recibí de mis padres y hermanos mayores el verdadero valor de los significados de mi Patria, construidos a través de su historia. El amor a Dios y a la Eucaristía, el respeto por los ancestros y, cómo no, la comprensión profunda del máximo símbolo y significado de nuestra bandera.
Siempre recordaré, cuando al paso de la enseña, escuchaba aquellas palabras cerca del rostro de aquel niño: <<Hijo mío, permanece firme y baja la cabeza, en señal de respeto>>.
En lo veranos de mi infancia, en aquel pueblo de la sierra de Almería, jugábamos a los cuarteles, representando a nuestros héroes y en la escenificación infante del juego de la “cruda contienda”, las confusiones entre los chiquillos, desencadenaban “feroces discusiones”…
Pasaron los años, y en aquella grata etapa universitaria, en el penúltimo año de carrera, me preparaba para incorporarme a una nueva situación: La Militar. Con ilusión y deseo emocionado, y con la certeza de que iría destinado a artillería, o a otra arma que muy a pesar mío no sería Infantería, decidí con prontitud solicitar por escrito al General Jefe de la Región (Capitanía General, en Granada), mi incorporación a tan querida Arma. Y así fue. Recibí la aceptación de mi petición y en el verano de 1962 me incorporaba como aspirante a la IPS (Instrucción Premilitar Superior), al campamento de Montejaque, en Ronda, Málaga.
Aquel primer verano, duro y a la vez, de imborrables y satisfactorias experiencias, justificaría sobremanera los acertados vaticinios
proferidos por aquel Comandante a todos aquellos de nosotros, jóvenes aspirantes que sentados ante él, en el campo de deportes del Colegio Emperador Carlos I de Granada, nos impelía: << Tras cumplir con las actividades diarias en el campamento, os puedo asegurar que la colchoneta de paja, será para vosotros colchón de lana mullida (oveja merina o similar) (…)>>. Aquellas palabras se corresponderían con aquella realidad, luego vivida, con total exactitud.
Pasó el verano del 62, y mis galones de sargento lucían en mi guerrera, llevándolos con orgullo, y a la espera del siguiente campamento, anhelando finalizar en el verano del 63´ con la estrella de seis puntas, como Alférez Eventual.
Así fue. Una vez finalizado el campamento, llegó orden ministerial por la cual, solo saldrían como oficiales, alrededor de un 20% de sargentos. Mi sufrimiento moral se hizo patente por dicha noticia, hasta que, una vez publicado el BOE, pude comprobar con grata e inmensa dicha, la inserción de mi nombre en el listado de alféreces.
Posteriormente, para realizar las prácticas, fui destinado al Cuerpo Ejército de Aragón, División de Montaña <<Huesca 52, 1ª Agrupación de Cazadores>>. Una vez finalizado este período de prácticas, en el año 1965, era promovido a Alférez de Complemento, en Marzo del mismo año.
Si la vida campamental fue dura y gratificante, en cuanto a formación militar permanente se refiere, el período en el cuartel fue el colofón final de aquella anhelada experiencia militar, ya consumada.
Recuerdos imborrables de amistad y camaradería vienen a mi memoria: el que fuera el Capitán de mi compañía, D. Antonio Cibrán Martínez; así como los Tenientes Carballo, Cid, Del Agua, entre otros, y, ¡cómo no!, mi querido y entrañable amigo, el ya retirado Comandante D. Francisco Ángel Cañete Páez, entonces, también ascendido a Teniente (Escala de Complemento), con el cual, y en el transcurrir de los años, el reencuentro se hizo posible, prosiguiendo hoy en día la comunicación entre nosotros.
Ejemplar milicio éste, y faro de todos nosotros, de trayectoria militar intachable (cuya querida esposa fallecía tristemente hace unos meses, tras largo período de enfermedad, haciéndole llegar desde aquí nuestro profundo pesar y siempre cercanía).
Asimismo, es de obligado cumplimiento el citar al ya fallecido y el que fuera nuestro querido Coronel, Ilmo. Sr. D. Carlos Alba Navas e, igualmente, al General al mando de la agrupación, el tristemente fallecido, Ilmo. Sr. D. Fernando López Canti y Félez.
De aquel período, todos los Tenientes y Capitanes citados, ya hoy en la reserva como Coroneles y si bien algunos de ellos aún en vida, otros, lamentablemente, ya fallecidos. Por su parte es de destacar al Teniente D. Manuel Alonso del Barrio, hoy General de División, también en la reserva. Aquellos no mencionados, permanecen, igualmente, en mi memoria, empero, ahora fallida.
Todos aquellos valores aprendidos, fueron puestos en práctica por mi parte a lo largo de toda mi trayectoria profesional, en la que el sacro credo legionario supondría, sin duda alguna, un referente principal a tener siempre presente, y en el cual reflejarme a la hora de comportarme en las diversas situaciones por las cuales pasé, aceptando los trabajos de mayor responsabilidad y riesgo, afrontando cualquier tipo de contingencia, fuere la que fuere, sin rehusar las duras y complicadas situaciones que pudieran presentarse. En este sentido, mi vida profesional, desarrollada en la industria del petróleo (Repsol), se convirtió en esa cómplice espectadora del eco fiel de valores y actitudes ejemplarizantes, sin duda alguna, pertenecientes a aquel inmortal ideario con el cual llegué a identificarme plenamente, a apoyarme y lograr proyectar en su aplicación, toda la épica huella de su cosmovisión perfectamente adaptada a una persona tan exigente como la que fui, alcanzando con denodado esfuerzo la categoría laboral de Mando Superior, hasta mi actual jubilación.
Fue entonces cuando comprendí que el honor, como aquella no traición al deber que se nos impone, me permitió descubrir cómo ese sentido del deber se podría traducir en fortaleza ante la adversidad, y que el verdadero honor era entregado por la propia conciencia autopersonal, aquella vieja amiga que cuando ya no es de nadie, ni tan siquiera propia, te habla sin ambages y te presenta ante ti mismo, como lo que realmente eres y, en muchos casos, te hace sangrar y doler como lobo al corazón.
Mi colaboración en estos últimos años con la Hermandad de AA. CC. Legionarios, a cuyo presidente D. Jaime Beceiro del Valle-Inclán, le debo su propuesta de mi investidura como Caballero Legionario de Honor, me ha permitido aportar, con grata y profunda satisfacción, la obra, la palabra hablada y escrita, en aras siempre del mantenimiento vigoroso del recuerdo permanente de tan Glorioso Cuerpo, así como de todos sus caídos.
Desde aquí, hago presente mi profundo agradecimiento a los Coroneles, Ilmos. Sres. D. Miguel Martín Bernardi, y D. Antonio Ruiz Benítez; al Tte. Coronel D. José Manuel Conrado Reguero, haciéndolo extensivo al General Jefe de la Brigada, Excmo. Sr. D. Juan Jesús Leza Benito, (¡gracias, mi General!). Igualmente, mi saludo especial dirigido todos mis compañeros de UNAMU (Málaga), y a todos aquellos que han apoyado la concesión de tan alto honor.
Un abrazo Legionario.
Salvador Soria Soria







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