MILLÁN ASTRAY II


JOSÉ MILLÁN ASTRAY--MIGUEL DE UNAMUNO

Tal y como quedó anunciado en el capítulo dedicado a MILLÁN ASTRAY y que fue publicado con fecha de 18-10-2011, vamos a analizar ahora los hechos ocurridos en la Universidad de Salamanca en el día 12 de octubre de 1936, durante la tradicional celebración del Acto de Apertura Solemne del Curso Académico, que estaba presidido por el Rector, D. Miguel de Unamuno; y del cual acto los sicarios del ultraje y los “tontos útiles” sacaron y siguen sacando falsa y demagógicamente sus, únicos, argumentos difamatorios contra la legendaria figura de Millán Astray (lo demás contra ella, son simplemente indecentes insultos de almas grotescas y encanalladas).


Paradójicamente, en el aludido acontecimiento que vamos a analizar se vieron reunidos y enfrentados de modo protagonista dos grandes españoles, dos raciales, dos hombres siempre dispuestos a defender con todo vigor la verdad de España, cada uno a su manera; con la palabra académica pero a veces irrazonablemente polémica, uno de ellos, y con la acción arriesgada y la complementaria palabra culta y razonable, el otro. El de mayor edad de ambos protagonistas, setenta y dos años, se llamaba Miguel de Unamuno y fue exaltado e incorrecto en aquel acontecimiento que vamos a analizar. Y el de menor edad de ambos, cincuenta y siete años, era Millán Astray, y fue caballeroso, prudente y correcto, en el mismo acto. El referido acontecimiento tuvo lugar en el día Doce de Octubre de aquel trágico año, 1936, cuando se celebraba la apertura solemne de curso en la Universidad de Salamanca, de la cual era Rector Unamuno, y cuando aún no se habían cumplido tres meses desde el inicio del Alzamiento Nacional contra la sovietización colonizadora de España promovida por el imperialismo totalitario globalizador, como preámbulo a la que sería aniquiladora II Guerra Mundial, promovida por el mismo imperialismo.

En el ámbito castrense, la figura de Millán Astray es bien conocida y no necesita de presentación adicional por mi parte, a cuanto quedó dicho en el capítulo arriba citado. En cuanto a la figura de Unamuno, aun cuando la producción biográfica respecto a él es muy abundante y accesible para todos, creo conveniente remarcar aquí algunos de sus rasgos fundamentales, que luego puedan proporcionarnos elementos para un juicio objetivo acertado.
En el aspecto humano, Unamuno correspondía al estereotipo de español más manido respecto a los de suépoca, autoritario, más o menos ególatra, intransigente con los fuertes, de ideas propias, inconformista, angustiado por su problemática individual y por la de su familia, y propenso a tener unos “prontos” en lo que podía echar a rodar poco académicamente todos los convencionalismos.

En el aspecto sociable, Unamuno era un español defensor a ultranza de España y de lo español. Si en un principio propugnaba la europeización de España, acabó propugnando la españolización de Europa, como defensa contra las amenazas apocalípticas que asomaban por el horizonte. Fue considerado el intelectual más culto de su generación. Desde 1901 y salvo algún paréntesis, fue Rector de la universidad de Salamanca y catedrático de Historia de la Lengua Española. Su fuerte personalidad natural, su sencillez de costumbres y su enraizada convivencia con los salmantinos (desde los veintisiete años de edad), le convirtieron en una figura muy popular y querida por estos.
En el aspecto intelectual, Unamuno era un producto de los condicionantes generales de su época. Estudió Filosofía y Letras; a través de cuyos estudios quedó expuesto a las ideas filosóficas más favorecidas institucionalmente –las ideas inanes y corrosivas afines al totalitario poder globalizador– y, en consecuencia, pronto empezó a sufrir crisis de conciencia, inconformismo y obsesión por descubrir la verdad mediante la indagatoria sin restricciones, tomándole especial gusto a la polémica universal (incluso consigo mismo). La filosofía de Unamuno no era una filosofía de construcción sistemática, sino una predominante confrontación contra los frustrantes sistemas neofilosóficos omnipresentes y un anhelo de hallar la verdad pura, de hallar la filosofía sin apellidos mistificadores, la filosofía que de manera natural bulle incansable en el alma humana.
Unamuno intervino en la política, pero sin ocupar cargos representativos y demostrando siempre su inconformismo y su necesidad de polemizar (hasta consigo mismo). En 1931 proclamaba que él había contribuido más que nadie a la caída de la Monarquía y a la instauración de la República; pero de la cual república, al conocerla, se distanció pronto y acabó oponiéndose a ella. Al producirse el Alzamiento nacional, para el cual y en prueba de reconocimiento a la joven Falange contribuyó con dinero, hizo un llamamiento a los intelectuales europeos para que apoyasen ese movimiento, alegando que éste representaba la defensa de la civilización occidental y de la tradición cristiana. Y declaraba, “en este momento crítico del dolor de España, sé que tengo que seguir a los soldados, son los únicos que nos devolverán el orden. Saben ellos lo que significa la disciplina y saben cómo imponerla”.
Pues bien, mi conclusión final sobre el pensamiento de Unamuno, es que en el aspecto filosófico estaba él a la altura de su época, es decir, muy distante aún de lo que pudiéramos llamar en la actualidad auténtica filosofía, y quizá la causa de ello era el que en el aspecto teológico también se estaba muy distantes del conocimiento de la auténtica teología. Claro que esos males no eran exclusivos de Unamuno; me pregunto yo ¿qué conceptos universales de validez filosófica y teológica trascendente han sido acuñados y admitidos de modo expreso en el mundo occidental desde hace tres siglos? –Por deferencia hacia los más versados en la materia, ruego que alguien docto y generoso nos dé la respuesta acertada. Lo que ocurría con nuestro Unamuno, era que en su inconformista constante indagatoria ideológica, a veces, presentía haber alcanzado la tan anhelada verdad; y al volver a verla inasequible sufría de incontrolable angustia. Cosa, ésa, que no les ocurría (ni les ocurre) a los filósofos o teólogos acogidos a la clientela remuneradora del poder globalizador dominante (los más aplaudidos, los más premiados, etc.).
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Y, ahora ya, vamos al anunciado acontecimiento del cual los sicarios del ultraje y los “tontos útiles” sacaron y siguen sacando falsa y demagógicamente sus, únicos, argumentos difamatorios contra el prestigio del héroe histórico D. José Millán Astray, creador de La Legión y creador del Credo Legionario (con la valiosísima cooperación subordinada del entonces comandante, Francisco Franco).
El 12 de octubre de 1936, cuando aún Francisco Franco no llevaba tan siquiera dos semanas ejerciendo la Jefatura del Estado, se celebraba la ceremonia de solemne apertura de curso en el paraninfo de la universidad de Salamanca; presidía el acto Unamuno, como Rector de la universidad, y estaban presentes como invitados de honor, D.ª. Carmen Polo, esposa del Caudillo, el doctor Pla y Deniel, Obispo de Salamanca, y el General Millán Astray. Después de las formalidades iniciales, pronunciaron sus apasionados discursos el dominico Vicente Beltrán de Heredia y el escritor José María Pemán. Luego, siguió el discurso del profesor Francisco Maldonado de Guevara, en el que atacó violentamente al nacionalismo catalán y al vasco, describiéndolos como “cánceres en el cuerpo de la nación”. Y añadió la siguiente inadmisible soflama, propia de un político demagogo pero no de un profesor en aquel acto: “el fascismo, el sanador de España, sabría cómo exterminarlos, cortando en la carne viva como un cirujano resuelto, libre de falsos sentimentalismos”.
- Aquí hemos de hacer un inaplazable inciso crítico: En aquellos momentos de tan trágicos y luctuosos acontecimientos generales sobrevenidos y que amenazaban la propia existencia de España, había que contar siempre con los provocadores saboteadores (los infiltrados de la antiEspaña), o con los aún indecisos o que querían hacer méritos ante el futuro ganador de la contienda, fuese el que fuera, o con los dolidos por los asesinatos cometidos contra personas cercanas a ellos. Y sería de suponer que en alguno de tales casos estaría incurso el profesor Maldonado.
Proseguimos con el acto académico. Tras la frase provocadora del profesor Maldonado, alguien del público gritó el lema de la Legión: ¡Viva la muerte!; al cual siguió un griterío alborotador incesante. Millán Astray, al ver que el Rector no hacía nada por acallarlo, pretendió hacerlo él y dio los gritos que ya eran habituales como cierre de los actos públicos: ¡España!, ¡España!, ¡España!, contestados que fueron por el auditorio, con ¡Una!, ¡Grande! y ¡Libre! Y el alboroto se fue reduciendo.
Entonces, Unamuno se levantó para cerrar el acto y dijo así: “Estáis esperando a mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, el quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo –Unamuno miró al atribulado prelado que estaba sentado junto a él–, el obispo lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”.
- Inciso crítico: La evidente ofuscación del rector, le llevó a, con calumniador efecto dañino, interpretar extensiva contra “vascos y catalanes” la fuera de lugar amenaza personal del profesor Maldonado hecha contra una facción partidista “el nacionalismo vasco y el nacionalismo catalán”. Error de interpretación impropio de la cultivada mente de Unamuno, y que no se habría producido de no haber estado él tan ofuscado.
Proseguimos con el discurso: Y tras una pausa, dentro de un gran silencio expectante, continuó Unamuno: “Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito: ¡Viva la muerte! Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esa ridícula paradoja me parece repelente”.
- Inciso crítico: No olvidemos que Unamuno estaba en una de sus irracionales crisis en las que no atendía a razones. En aquel momento, él interpretaba aquel lema que calificaba como “necrófilo e insensato y paradoja ridícula”, lo interpretaba según su propio entendimiento de la muerte, como final de una vida carente de trascendencia alguna y de propósito alguno y como fácil final liberador de toda carga problemática agobiante. Él mismo había reconocido en tiempos que había especulado con su propio suicidio; pero que, ante la numerosa familia que necesitaba de él, se encontraba impedido de efectuarlo, lo cual le hacía aún más desgraciado. Sin embargo, el lema de La Legión era una orgullosa y consciente aceptación racional de la muerte propia si se producía en acto de servicio a la sociedad patria y que resultaría en un renacer glorioso a un nueva y universal vida; ese lema era un fiel reflejo del culto a la muerte que acercaba a Dios y que el pueblo español asumía y reverenciaba desde siempre a través de sus ejemplarizantes imágenes divinas y sus santos. El lema legionario no era un odioso estímulo vengativo para incitar a causar la muerte al enemigo como una finalidad preconcebida, era un compromiso público y un anuncio firme al enemigo de que el legionario se entregaba a luchar “a vida o muerte”, “a vencer o a morir” como un medio necesario mientras el enemigo luchase a herir y matar. Quien opine sobre la muerte como lo hacía Unamuno, habrá de reconocer que, de no haber reunido la intencionalidad moral descrita aquí, el lema legionario, ¡viva la muerte!, no habría podido alcanzar los noventa y un años de vida pujante que por ahora cuenta.
Proseguimos con el descontrolado discurso de Unamuno: El General Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el General Millán Astray pueda dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

- Inciso crítico: Aquí me resulta ya demasiado doloroso el comentar las palabras ofensivas contra el General Millán Astray; éste escuchaba en actitud respetuosa el discurso, no obstante haber sido tan despectivamente aludido ya con anterioridad. Llamar impertinentemente en público “inválido” a alguien que sufre ese deprimente estado personal, es algo tan falto de caridad y tan burlesco que excede toda prudencia exigible a cualquier persona en su sano juicio, y más si la persona ofensora tiene acreditada una titularidad de treinta y cinco años como catedrático universitario. Incrementar el daño, diciendo, que “el General Millán Astray pueda dictar las normas de la psicología de la masa”, cuando el nombrado nunca había hecho nada que diera pie a atribuirle ese propósito; más al contrario, sí demostró él querer proporcionar a hombres que se asfixiaban en la masa deshumanizada y en la marginación social el poder adquirir una condición profesional decente, idealista, útil y honrosa, mediante un código deontológico de principios universales humanos y patrióticos, y código que no ha necesitado modificación alguna en su ahora ya casi centenaria vigencia. Y el colmar las ofensas con lo de “Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”, creo que no admite calificación humana, debe quedar para entre el ofensor y Dios.

Prosigamos con el acto. En ese momento, Millán Astray ya no pudo contenerse más y exclamó "Muera la intelectualidad traidora" "Viva la muerte". Esas exclamaciones fueron coreadas por falangistas y repetidas y aplaudidas por otros asistentes. Aunque por el gran alboroto que ya había entre el público, la primera frase resultó entendible sólo para una parte del auditorio; y ello es lo que permitió manipular luego lo dicho, y crear el falso argumento difamatorio, de que Millán Astray gritara ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! Quizá contribuyera a la falsa interpretación de lo dicho por Millán Astray el hecho de que, en el alboroto, el escritor José María Pemán, en un intento apaciguador gritó: ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!.
Pero Unamuno continuó: “Éste es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.
- Inciso crítico: Está claro que quien, con su evidente estado de locura, profanó el sagrado recinto y, con ello, dio paso a los alborotos habidos, fue quien se decía “sumo sacerdote”. Su rúbrica de “Venceréis… pero…”, en el caso de estar dirigida a todas las fuerzas nacionales, no pudo resultar más torpemente profética: Efectivamente, ésas fuerzas vencieron, pero además convencieron a todo el pueblo español, que luego, en 1975, llevaba decenios de convivencia pacífica y en un estado de ilusión, progreso, seguridad, laboriosidad y respeto internacional como no se recordaba lo hubiera tenido en varios siglos antes. Pero aún más, ahora, tres cuartos de siglo después de aquel acto comentado, la convivencia afectiva entre todos los españoles de buena voluntad –la gran mayoría del pueblo español– sigue estando garantizada por los principios espirituales y culturales cimentados desde el triunfo del Alzamiento nacional (a pesar de la agresión corruptora promovida por el imperialismo totalitario globalizador inane). Y en cuanto a “os falta, razón y derecho en la lucha”, eso no resulta apropiado en boca de quien había favorecido el Alzamiento Nacional y, hasta ese preciso momento, era partidario del mismo (y siguió siéndolo hasta su fallecimiento) porque “ese Alzamiento representaba la defensa de la civilización occidental y de la tradición cristiana”.
Proseguimos con el acto: Tras las últimas palabras del Rector, siguió una larga pausa dentro del alboroto general. Algunos de los legionarios que asistían al acto o formaban la escolta de Millán Astray consideraron finalizado el acto y se aproximaron al General. La esposa de Franco, doña Carmen, se acercó al desconcertado Unamuno, y Millán Astray hubo de indicarle al rector que le ofreciera el brazo a ella. Él se lo ofreció y ella y él salieron juntos, lenta y solemnemente, como correspondía a la solemnidad del sitio universitario y del acto celebrado...


Con todo lo dicho, más lo que el lector amplíe por su cuenta, creo que éste podrá formarse una imagen muy aproximada a la realidad de los hechos acontecidos y podrá formar su propio juicio. Por lo demás, yo me remito al juicio verdaderamente acertado y que en su día conoceremos que haya celebrado Dios con los protagonistas. Y en cuanto a los sicarios del ultraje y los “tontos útiles”, pues también comparecerán ante el Juicio de Dios.
Y a quienes quieran ver gestos y alardes exaltados y teatrales en las maneras de Millán Astray, les convendría ver las maneras de los personajes foráneos, estadistas y altos mandos militares, (ingleses, franceses, alemanes, italianos, estadounidenses, et.) de categoría intelectual comparable a la de él, durante los trágicos avatares de la historia de aquel tiempo. Y no les propongo comparar con las maneras de los políticos marionetas que, con su política antinacional al servicio del imperialismo globalizador, ocasionaron la Guerra Civil; ni comparar con las maneras de “los señores de la guerra” que mandaban las grandes o medianas unidades del ejército rojo.

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

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